Ahí me puse a investigar, terminé haciéndome fanática de Nirvana, Pearl Jam y un largo etcétera que ya puede haberse empezado a dejar entrever en otras entradas del blog.
El tema es que me enamoré inevitablemente de Kurt. Uf. Era una locura. Las letras de las canciones me transtornaban, compraba sus pósteres en la feria artesanal, cuando tenía que hacer trabajos para el colegio los hacía sobre la banda... En fin, era una fanática.
Y en uno de esos trabajos que hice para el colegio, todavía recuerdo, de Castellano, debíamos escribir una biografía. Obviamente escogía Kurt Cobain y ahí recién me di cuenta de que ya había muerto. Lo conocí varios años muy tarde (esto debe haber sido tipo '97, '98, calculo yo). Paréntesis: acuérdense que en esa época no era como ahora, que uno busca lo que sea en el smart phone, en Internet y sabe todo altiro. La cosa era más lenta! La cosa es que un shock.
Por una parte, el amor de mi vida estaba muerto. Por otro lado, la banda que tanto quería ya no existía! Fue muy raro darme cuenta. Nirvana ya no iba a sacar más canciones. Nunca iba a poder verlos en vivo en un concierto...
Toda esta larga introducción, para dar contexto al tema que tengo pegado hoy:
Bueh... así es la vida. Por lo menos nos queda su música. Pasa con muchas bandas y se agradece igual lo que dejaron...
Chau!
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